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Lunes, Julio 6, 2020
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Un virus que pierde fuerza en las alturas

El Sars-CoV-2 es el gran protagonista de la peor pesadilla de la humanidad actual, con su desplazamiento elusivo y traicionero, con las mil y una formas de matar que ha ido descubriendo en sus casi siete meses de existencia comprobada, es el enemigo número uno de nuestra especie. Pero hay conocimientos antiguos y condiciones naturales que restringen su accionar. Intentemos conocerlas.

Diez mil años atrás, minutos más, minutos menos, unas familias asiáticas pertenecientes a una tribu nómada ingresaron a unas tierras que recién hace unos siglos se conocen como americanas para poblarlas de norte a sur. En el recorrido que les tomó cientos de años a decenas de generaciones, se poblaron fértiles valles, praderas repletas de animales de caza y bosques ricos en todo tipo de frutos, pero también fieros desiertos y altas cumbres en el centro mismo de la América del Sur. Cumbres que fueron habitadas desde la actual Colombia hasta la extremo sur de  la frontera chileno-argentina, pasando por el Ecuador, el Perú y Bolivia, nuestras cumbres.

Mira también: Un virus repleto de misterios

En esas cordilleras, donde llueve desde octubre hasta abril y se cultivan muy pocos productos, sus pobladores primitivos y sus descendientes aprendieron desde el comienzo que el aire es escaso y seco y que la luz brillante que los quema también es beneficiosa, creando un mecanismo de conservación de carnes, de cereales y de tubérculos que se usa hasta nuestros días. Así, el charqui, la chalona, la cecina, el chuño y demás productos secados y salados alimentaron a nuestros ascendientes por milenios. Una combinación de productos alimenticios de fácil acarreo y buena conservación permitieron crear una serie de civilizaciones con una dieta diferente a la de otras latitudes, pero también con condiciones medioambientales favorables a su salud y a su sobrevivencia.

Hoy, cuando el planeta entero enfrenta la peor epidemia de los últimos cien años, un estudio publicado la semana anterior en Respiratory Physiology & Neurobiology revela que “las personas que viven en lugares de más de 2,500 metros sobre el nivel del mar han desarrollado un rasgo biológico que les permite sobrevivir mejor en esos entornos bajos en oxígeno, y que les permitirá resistir de mejor forma el embate de la enfermedad. En el estudio se señala que los habitantes de esas zonas -que, casualmente, son las de todas nuestras principales capitales serranas- tienen una mejor ventilación, mayor oxigenación de los tejidos y buen transporte de oxígeno en sus arterias”, señala con precisión el documento.

Es curioso que los investigadores recién revelen ese descubrimiento cuando en nuestro país, sometido a fuerzas naturales tan destructivas como los terremotos, las inundaciones, las sequías y terribles enfermedades, como el paludismo, la viruela y la tuberculosis ultra resistente, siempre hemos sabido enfrentar a unos y a otras. Es más, la indicación de trasladar a los asmáticos, a los tuberculosos y a otros enfermos del aparato respiratorio a las alturas es el primer paso para domar a la enfermedad. Incluso, el primer hospital para enfermos de tuberculosis del área andina fue edificado en el Fundo Bravo Chico en una zona alta de Lima a fines de los cuarenta por el presidente Manuel Odría.

Curioso, también, que esos “descubrimientos” sean hechos cuando en el Perú ya se conocía desde siempre la interacción del clima, de la altitud de sus ciudades andinas y del tratamiento y la cura de enfermedades específicas. Curioso, además, que los equipos de expertos convocados por el Ministerio de Salud no hubieran previsto que el retorno de los migrantes serranos a sus hogares, dejando atrás a Lima y a su pandemia no haya sido vista con ojos más profesionales. Curioso, igualmente, que un país que sabe que las bacterias que descomponen nuestros olores son tremendamente holgazanas en la altura, se deslumbre cuando los documentales de televisión le dicen que los chinos y los japoneses casi no necesitan usar desodorante porque sus dietas impiden sudores que atraen a las bacterias que causan los malos olores.

Hasta hace unos meses, poco sabíamos sobre los virus, las pandemias, la Organización Mundial de la Salud, los protocolos y la muerte trabajando a dedicación exclusiva y a tiempo completo. Y, seguramente, poco aprenderemos en los tiempos por venir. Pero siempre hay que tener en cuenta lo que heredamos en nuestra sangre, que es la sangre de nuestros padres pero también de los que iniciaron una larga caminata hace cien siglos.

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